Al principio de la semana hago Cmd+Tab y me meto en un taller de
escritura donde, como en The Whale,
el instructor se esconde tras un rectángulo opaco, y donde, a diferencia de The
Whale, no presento ningún trabajo escolar sobre Moby Dick que luego el profesor
insiste machaconamente en que le lean. Tampoco entrego un texto «jodidamente
honesto» ni nada parecido, si no mil quinientas palabras, repartidas en cómodos
fascículos e hilvanadas con aprensión y nocturnidad, que posteriormente son
recibidas con interés moderado tirando a bajo (lo cual naturalmente me desinfla
y me lanza a un estado de malestar general del que apenas estoy saliendo ahora;
algo por otro lado muy similar a lo que sentí durante la proyección de la
estúpida peli de Aronofsky).